Soy un hombre como muchos, con muy pocos bienes de fortuna, y gracias a mi esfuerzo personal, al apoyo de mi familia, mis profesores, amigos y compañeros, he logrado, moderadamente, cultivar algunos conocimientos que me permiten seguir a diario en la lucha constante por la supervivencia en nuestra actual sociedad.

Estoy dentro del grupo de los que diariamente quieren aprender, ya que considero que el hombre nunca puede saber todo lo que quiere; y por lo general, nunca quiere saber todo lo que puede. Esta; a mi parecer, es una condición innata del ser humano, sobre todo en la actualidad, cuando lo fácil se hace más fácil y lo difícil se hace más difícil, gracias a la tecnología, y cuando el tiempo ya no es nuestro tiempo, sino el tiempo que podemos lograr, nadando en el inmenso mar de la humanidad.

El tiempo; entre otras cosas, me ha enseñado que “leer”, no es tan fácil como lo creemos cuando estamos en nuestra escuela primaria. Cuando se trata de signos y símbolos, damos crédito al individuo que logra, en sus primeros años de vida, interpretar en forma superficial y mecánica, lo que estos signos y símbolos quieren decir.

Durante la etapa de mi niñez, mi adolescencia y mi madurez, ya en la etapa adulta, pensé que lo más importante de la lectura era el hecho de pronunciar correctamente, a un ritmo determinado, tomando en cuenta las inflexiones de la voz, provocadas por los signos de admiración, de puntuación, y los que nos indican cuándo debemos hacer una pausa, identificando en cada frase al sujeto, al predicado, y el tiempo en el cual se encuentra el verbo, entre otras muchas cosas más de nuestro lenguaje.

Hoy en día, con la claridad que el tiempo me ha dado, he logrado entender que cada vez que estamos realizando la lectura de un texto, de un arículo de prensa o de un simple comentario como el que estamos haciendo en éste momento, lo que hacemos es una conexión directa con la forma de pensar, sentir y de expresión del autor.

Se trata de saber entender que una persona, igual que nosotros en muchos sentidos, con pensamientos, sentimientos y condiciones de vida tal vez iguales, o distintas a las nuestras, quizá en épocas distintas, está reflejada en cada letra, en cada signo, en cada palabra, en cada frase, en cada oración, en cada párrafo.

Muchos de nosotros no sabemos interpretar a ciencia cierta, lo importante que es la escritura; y, paralelamente a ella, la lectura. Es ella (la lectura), la forma más económica de viajar de conocer, de conversar, de discutir asuntos en todas las áreas del conocimiento y del saber humano, de estar presente en los hechos que han cambiado el mundo; pero, sobre todo, es la forma más directa que tenemos de estar en el lugar de alguien que quizá nunca conoceremos en lo personal, ese alguien con quien podemos hablar sin decir una palabra, en forma libre y sin secretos, y de quien muchas veces tomamos prestados sus sentidos: vista, oído, gusto, olfato y tacto, cuando su relato tiene que ver con situaciones sensoriales o sensitivas.

Leer es mucho mas que eso: es viajar gratis en una cápsula del tiempo, es estar en medio de una guerra, pero seguros en nuestros hogares, es estar en la mente del escritor o escritora, y saber qué piensa, cómo piensa, es viajar entre varios mundos, varias épocas, varias situaciones y momentos, en forma simultánea: el nuestro, y el de la obra que estemos leyendo.

Por esa razón, debemos empeñarnos en leer; porque, además de adquirir conocimientos, estamos interactuando, intercambiando nuestro tiempo, con cada uno de los personajes de una obra o de su autor. Leer significa para mí, captar el mensaje de quien escribe, descifrar una y otra vez, ese mensaje siempre cambiante que ocultan los libros.

Una vez me atreví a decir que mientras nosotros envejecemos, los libros se rejuvenecen. Hoy en día me atrevo a asegurar, que cada vez que leemos el mismo libro una y otra vez, en etapas distintas de nuestras vidas, estamos también rejuveneciendo, y logramos hacer del escritor o escritora, un ser inmortal.

Un buen libro nunca pasa de moda, y sus ideas toman más valor y fuerza a medida que lo leemos una y otra vez. Alguien, una vez escribió un libro relacionado con la escritura, como huella del alma de cada individuo; pero, en esa obra, solo tomó en cuenta la forma y no el fondo de la escritura. Yo, en lo particular, considero que más que la huella del alma, es el alma misma del autor, puesta a nuestra disposición en cada obra escrita para que aprendamos de ella.

Un buen libro no es solo una adquisición, es un buen amigo a quien le damos cobijo en nuestro hogar, y a cambio, nos enseña una y otra vez: El espera paciente por su lectura, para darnos así, lo mejor de si mismo. Por esa razón; a partir de ahora, los invito a que:”leamos juntos”…

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *