Un buen día, me senté frente a mi computadora pensando si sería una buena idea, escribir sobre algo que para mí fuera interesante.

La primera reacción fué un miedo que nubló mi entendimiento; de repente, todo se me olvidó. Fué como si algo estuviese oponiendo resistencia a ese deseo incontenible de comenzar a teclear, y pudo más esa sensación, que cualquier deseo por más intenso que éste fuera.

Pasaron los días, semanas y hasta meses, y solo utilizaba mi computadora para revisar material de estudio, revisar mis correos, y bajar una que otra información que me llamara la atención; hasta que en clase de Filosofía, nuestra Profesora nos indicó que debíamos elaborar nuestra autobiografía. En ese momento, todos los compañeros de clase nos miramos unos a otros, y sin producir palabra alguna, dimos a entender a los demás, que todos estábamos en la misma situación: todos teníamos temor a escribir sobre algo, o alguien; y más aún, si se trataba de nosotros mismos.

Entre dudas y temores, adelantos y retrocesos, comenzamos (cada quien por su lado), a escribir nuestras autobiografías; luego de ello, hicimos la entrega formal. Fué un momento muy emotivo; ya que a pesar de ser personas adultas en su totalidad, nos quedaba la duda acerca de si lo habíamos hecho bien, o mal.

La situación llegó a su clímax, cuando le correspondió leer sus relatos, a dos de nuestros compañeros. Un silencio sepulcral invadió el recinto donde se encontraban cuarenta almas, dispuestas a prestar toda su atención a las lecturas de las obras; lecturas estas, hechas por sus propios autores. No pasaron más de cinco minutos, sin que estos sintieran un nudo en la garganta, al extraer sus recuerdos más tristes y más profundos, como luego lo explicaron al auditorio; sobre todo, en los pasajes tristes de su vida. Por otra parte, pudimos notar un extraño y curioso brillo de inocencia infantil en la cara de ambos lectores, al revivir momentos alegres y hasta picarescos de sus vidas.

Fué; en resumen, una experiencia inolvidable, compartida con un grupo de personas que: a fin de cuentas, son ajenas a esa parte importante de nuestras vidas. Solo así, es posible conocer más a las personas que nos rodean. Un simple, pero interesante juego, con inesperados resultados.

Es por eso, que te invito: querida lectora, apreciado lector, a jugar a ser escritora o escritor. Solo inténtalo, y verás que no es nada fácil; sobre todo, si tratas de ocultar etapas o situaciones que de una u otra forma te mantienen “amarrado” a tus recuerdos, y te quieres liberar de ellos. No tengas miedo, comienza de una buena vez; solo así te probarás a ti misma o a ti mismo, de qué material estás hecho. Solo así te podrás sentir que eres más auténtico.

No se trata de escribir un diario, como lo hacen muchas personas; sobre todo, las damas. Se trata de escribir de ti, sobre ti, y acerca de ti, sin intérpretes ni traductores, se trata de plasmar tu vida en un papel. Además: ni tú ni nadie sabe cuáles serán tus logros en el futuro a corto, mediano o largo plazo, y alguien; algún día, querrá escribir acerca de tu vida y obras. No lo dejes para mañana, comienza a escribir hoy; y verás que, además de divertido, se convertirá en una actividad provechosa. Muchas personas han logrado grandes ingresos monetarios, escribiendo sobre otros. ¿Por qué no hacer eso por ti mismo y por quienes te rodean?. Iniciemos pues, éste juego interesante: vamos a Jugar a ser escritores.