Toda reacción es producto de una acción, y toda acción tiene su origen. A continuación hablaremos un poco acerca de las reacciones (conflictos), como consecuencia de las acciones (discusiones entre padres e hijos), que tienen su origen en el distanciamiento entre las generaciones.

Las diferencias generacionales siempre han sido una fuente segura de conflictos entre los miembros de las familias, pero se ha notado su aumento, desde hace un tiempo para acá, hablando en términos de relatividad. Estos conflictos familiares, arrastran la pérdida de algunos de los valores que sustentan las más elementales normas de convivencia.

Cuando hablamos de la pérdida de valores, estamos hablando (entre otros) de:

La alegría: La alegría es un valor que se siembra primeramente en el seno familiar. Es en el núcleo familiar donde se procura que los miembros se ayuden unos a otros en sus necesidades, en la superación de obstáculos y dificultades, así como el compartir los logros y éxitos de los demás.

Se busca a través de ella, dejar a un lado el egoísmo, buscando el bien y compartir con los demás miembros de esa familia. Cuando nos centramos en nuestras preocupaciones y no estamos dispuestos a ayudar a los que nos rodean somos egoístas. El egoísta no suele ser una persona alegre. Es en este darse a los demás miembros de la familia, donde el individuo obtiene la alegría. Esta no depende de las circunstancias o de las facilidades y tampoco consiste en tener cosas. Tiene su fundamento en lo profundo de la persona, es la consecuencia de una vida equilibrada, de una coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos, en tener una mente y un cuerpo sanos.

La generosidad: La generosidad se fomenta en la vida familiar, es actuar en favor de otras personas desinteresadamente y con alegría, por ejemplo: regalar algo, prestar un juguete, apartar un tiempo para atender y escuchar a otro miembro de la familia, saludar, apreciar, perdonar, es hacer agradable nuestra vida y la de los demás miembros de la familia.

El respeto: El respeto hacia los demás, es otro de los valores que se fomentan dentro de la familia, no sólo respeto a la persona, sino también a sus opiniones y sentimientos, hacia las cosas de los demás, a su privacidad, a sus decisiones, adecuadas a la edad de la persona. En la familia, el niño aprende que tanto él o ella como sus ideas y sentimientos son valorados ymerecen respeto.

La justicia: La justicia se fomenta al establecerse lo que corresponde a cada miembro de la familia. Es dar a cada uno lo que les corresponde; quien lo hace, tiene la virtud de la justicia.

La responsabilidad: la responsabilidad consiste en asumir las consecuencias de nuestros propios actos, ante uno mismo y ante los demás. Una persona responsable debe ser consciente de sus deberes y obligaciones, por ello, es de gran importancia que los hijos tengan sus responsabilidades y obligaciones muy claras. Ella es parte del proceso educativo: primero en la vida familiar y luego en la vida en sociedad, de una manera responsable y autónoma.

La lealtad: la lealtad es una realidad actual que surge cuando se reconocen y aceptan vínculos que nos unen a otras personas y los valores que representan, suele madurar y fortalecerse con el correr de los años. Se muestra lealtad con los padres, respetando y cuidando su buen nombre, siendo sinceros con ellos, ayudándolos a superar las dificultades. Entre los hermanos: apoyándose,defendiéndose y ayudándose mutuamente ante las dificultades, amenazas de o circunstancias ajenas a la familia, donde hay que salir adelante.

La autoestima: la autoestima tiene sus raíces en el núcleo familiar y es la visión que cada persona tiene de sí misma, que influye en la elección y toma de decisiones, que conforma su estilo de vida y actividades. Es uno de los valores fundamentales para el ser humano sano, maduro y equilibrado. Es la suma de la autoconfianza, el sentimiento de nuestro valor personal y nuestra capacidad. Depende en todo momento de que recibimos de nuestros familiares, amigos y maestros, en nuestra niñez. Está construida sobre la base de los pensamientos, sentimientos, experiencias y sensaciones que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida, pero principalmente a lo largo de nuestra infancia y adolescencia.

Si queremos construir una personalidad fuerte y equilibrada, es de vital importancia que como padres hagamos sentir a nuestros hijos que son dignos de ser queridos con un amor incondicional, es decir, no condicionado a su comportamiento, calificaciones o actitudes.

Elevar la autoestima de nuestros hijos es de vital importancia, ya que contribuimos a que desarrolle la convicción de que es estimado y valorado, que es competente para enfrentarse a la vida con confianza y optimismo, y que es merecedor de la felicidad.

Este problema de las diferencias generacionales ; visto y analizado en frío, es bastante complejo, ya que cuando hablamos de individuos, lo estamos haciendo acerca de las personas: seres únicos, indivisibles, irrepetibles (hasta cierto punto), con características propias, con pensamientos, necesidades, aspiraciones y todo tipo de sentimiento que vaya a determinar su conducta dentro de lo que conocemos como la célula fundamental de la sociedad; vale decir, la familia, y sobre la cual descansa nada más y nada menos, que esa: nuestra sociedad y junto a ella, nuestra propia subsistencia, dado que el ser humano, por naturaleza, es un ser social.

En la sociedad actual; gracias a los adelantos tecnológicos y la evolución misma de nuestra especie, nos encontramos con hijos mucho más seguros de sí mismos y de sus derechos; y por otro lado, con padres incapaces de limitar las acciones de los hijos, por encontrarse casi siempre “ocupados”.

Recientemente, mientras compartía un café con unos compañeros de trabajo en una panadería de la ciudad, fuí testigo de un hecho quizá poco común entre la gente adulta. Un señor, que: aferrado al teclado de un teléfono celular, no levantó la mirada por aproximadamente unos diez minutos, escribiendo mensajes de texto. Al cabo de ese tiempo, tomó el teléfono celular, lo lanzó contra el piso, se levantó de la silla donde estaba sentado, exclamó entre otras cosas: “para eso es que sirven los hijos”, pagó la cuenta y se marchó. En el piso quedaba disperso en pedazos, el aparato “causante” de la discusión con su hija o hijo, nunca supe el porqué, y ante el estado de ánimo poco amigable que tenía, no era apropiado preguntarle sobre la causa de su disgusto.

En otras épocas; aunque existen casos puntuales en la actualidad, los padres eran más respetados e incluso eran temidos por sus hijos; pero ello, como es de esperarse, representaba alejamiento y reserva de unos hacia otros, lo que se traducía en muchas oportunidades, como falta de confianza, aunque existiese un entrañable afecto. Ello permitía que todas estas diferencias generacionales, pasaran más desapercibidas. Los hijos aceptaban las órdenes de los padres, sin objeción alguna.

Hoy por hoy, esto ocurre muy poco, a pesar de que en un gran número de familias, se fomenta más el diálogo y la comunicación entre sus miembros. Las discusiones padres e hijos o hijas (bien entendidas), forman parte del aprendizaje familiar que todos los miembros tienen que asumir, es parte de ese legado que se transmite de abuelos a padres y de padres a hijos, con la importancia debida, pero a veces, ese legado no es bien recibido y provoca conflictos incontrolables, por la interferencia de factores externos que consumen y ocupan tanto el tiempo, como la atención, y todo se debe, generalmente, a la necesidad insaciable de producir más, en términos monetarios, para mejorar nuestra mal entendida y a veces poco apreciada calidad de vida. Los padres, siempre pensando en dar lo mejor a sus hijos.

Discutir con los padres es algo normal, ya que tanto los padres, como los hijos, tienen puntos de vista diferentes, de lo que se trata es de unificar criterios. Es aquí: en la unificación de criterios, donde encontramos mayores dificultades,ya que raras veces queremos ceder a las demandas del otro.

¿No sería mejor el diálogo y la comunicación, para que todo esto termine?.

Una gran mayoría de padres se quejan de hijos adolescentes que tratan de evitarlos, y cuando estos deciden dialogar, terminan en discusiones que profundizan la brecha entre las generaciones. En muchos casos, se debe a la manera equivocada que tiene el padre o la madre para iniciar un diálogo con su hijo.

Los cambios siempre se hacen presentes, y como personas, muchas veces nos resistimos al cambio. Es tiempo de ser más flexibles, de ser inteligentes y de buscar la forma de compartir los mismos intereses con nuestros hijos, de apoyarlos en las buenas causas y en los proyectos que tengan, ya sean grandes o pequeños. Solo así ellos sabrán cuánto los queremos y nos preocupamos por ellos.

No se trata de demostrar quién es más fuerte que el otro, se trata de buscar una manera más fácil de convivencia. Recordemos que muchas veces no nos preocupamos por los casos aislados; pero, si nos ponemos a sumar estos casos aislados, nos daremos cuenta de que no son tan aislados como creemos.

¿Es que acaso aquello de que “gota a gota se hace un mar”, tiene algún sentido?.
¿Cómo solucionar este grave problema que muchas familias están teniendo diariamente?
¿Hay que ponerse a la altura del otro, o por encima de éste?

¿Es acaso muy difícil intentar con paciencia llevar una conversación amistosa, para no caer luego en gritos, insultos y hasta agresiones?

Apreciado lector: tal vez, el tema que acabamos de tratar, te toca a ti de alguna forma, y no has logrado solucionarlo. Tal vez, estás pasando en éste mismo momento, por una de estas situaciones; o tal vez, eres de esas personas indecisas que no opinan, ni solucionan los problemas, por  evitar el verte involucrado en éste tipo de cosas.

Sea cual sea tu caso, te propongo lo siguiente:

Envíame tus comentarios, y en sucesivas publicaciones , haremos mención de tus opiniones y experiencias en acerca de éste tipo de situaciones. En base a la cantidad y calidad de los comentarios. Hagamos de éste espacio, un ente interactivo, donde ganemos todos, ya que todos vivimos: “en la misma sociedad”.

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