Muchas veces, ya sea en una sala de espera, en un banco, en nuestro trabajo, y hasta en las noticias, por radio, o televisión, vemos y escuchamos a personas quejándose por una cosa o por la otra. ¿Es que acaso ese estado quejumbroso es una condición normal del ser humano?

Cuando me levanto en las mañanas, luego de dar gracias a Dios, me digo a mi mísmo: “hoy va a ser un excelente día en lo personal, en lo familiar, y en lo profesional”, y siempre resulta. Salgo de mi casa, cargado de energías positivas, y dispuesto a conquistar el mundo; pero eso sí, sin dejar de ser quien soy, y de saber cuál es mi puesto en la sociedad.

Mientras me desplazo a mi lugar de trabajo, escucho buenas y malas noticias, que hacen que esas cargas positivas de una u otra forma se desequilibren (dependiendo del grado de afectación o la influencia que ejerzan sobre mí y sobre el momento), o de los planes que tenga previsto realizar durante el día.

Cuando estoy frente a mis alumnos, veo en las caras de muchos de ellos, su predisposición de aprender, de discutir, de investigar, de intervenir en temas de interés, así como en otros, representaciones clásicas de lo que yo llamaría “desgano”, por querer alcanzar los logros de un día para otro, y cuando ese desgano se alimenta de incertidumbre, se produce un efecto más dañino, que es la “ausencia” del individuo, aunque esté físicamente en el aula. Esta misma situación suele presentarse en la actividad laboral.

Estas líneas que preceden, pueden ser un poco vacías para cualquier persona, si las lee a vuelo de pájaro; pero, si nos detenemos a extraer el verdadero significado de estas palabras, vamos a encontrar que: el desgano, entre otras cosas, quiere decir, disgusto o repugnancia a algo.

Por otra parte, la ausencia se relaciona con la distracción del ánimo respecto de la situación o acción en que se encuentra el sujeto, la supresión de la conciencia, que es; entre otras cosas, una actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto y es el acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

¿Quiere decir esto que cada quien sabe cómo se percibe a si mismo en el mundo, en la sociedad?

Por supuesto, dependiendo de cómo nos veamos nosotros mismos en el mundo, en la sociedad, de ese mismo modo, nos verán los demás. Lo importante de todo esto, es que seamos conformes con nosotros mismos por ser como somos; pero, no por ser lo que somos. Debemos siempre mejorar lo que somos, aunque siempre seamos como somos, y somos nosotros mismos.

El hecho de que yo sea gordo, delgado, alto, bajo, blanco, negro, amarillo, indio, o como sea, no quiere decir que no pueda ser piloto, abogado, escritor, filósofo, médico, o lograr cualquiera de las metas y objetivos que tenga previstos. El ser como soy, no interfiere en el ser lo que soy.

Aunque suena casi igual, ser: es el atributo filosófico griego que se le adjudica a una entidad capaz de definirse a sí misma frente a un medio, frente a una realidad. También es un verbo: el verbo ser, que cuando lo conjugamos, cambia totalmente, porque mediante él se define a cada una de esas entidades, y cuando lo conjugamos en plural, decimos algo muy importante: “nosotros seremos”, “vosotros seréis”, y volvemos a “ellos son”.

Es allí donde quiero detenerme, ya que sin ser un letrado, cualquier individuo puede inferir que conjugando el verbo ser, en plural, nos encontramos con algo muy impresionante: cómo las palabras nos pueden llevar a profundizar en su entendimiento. Cuando decimos: “nosotros seremos”, estamos afirmando el futuro para nosotros mismos, y cuando decimos “vosotros seréis”, lo estamos haciendo para otras personas.

Quiere decir que el mismo “ser”, nos está indicando que esa realidad actual, puede cambiar, si unimos las percepciones individuales en relación a ésta realidad que es el mundo, y formamos una sola, conformada por la unión de las individualidades.

Cuando logramos unir estas percepciones individuales acerca de cómo ve el mundo a cada quien en particular, y logramos una percepción colectiva, es cuando en realidad podemos lograr identificarnos con el grupo; o sea, logramos una identidad.

Aunque la identidad tiene relación con muchos aspectos de tipo económico, político, religioso, geográfico y otros, todos apuntan a lo social, a la socialización, que es un proceso por el cual el individuo acoge los elementos socioculturales de su ambiente y los integra a su personalidad para adaptarse en la sociedad. A través de éste proceso, toma conciencia de la estructura social en la que nace, y aprende a diferenciar lo aceptable (positivo) de lo inaceptable (negativo) en su comportamiento.

Es por esa razón, que se hace tan difícil entender a las personas, dependiendo del ambiente en el cual se desenvuelven. Los valores que se cultiven en la sociedad donde viven, las costumbres, la historia, las creencias, la gastronomía, los intereses comunes, la música, el folclore, todo forma parte de esa identidad.

De allí parte el interés de muchas personas, por conocer otras gentes, otras latitudes, otras costumbres, otras sociedades. Es el conocido “espíritu viajero”, que le permite al individuo comparar lo que tiene, con lo que tienen otras personas, y lo induce a afianzar su identidad.

Salvo casos muy puntuales, toda persona que emprende un viaje de placer, de negocios, de compromiso, o por cualquier otra causa, por lo general, siempre regresa a su terruño, porque allí está reflejada su identidad.

Nosotros, mientras tanto, trataremos de entender nuestro propio entorno, que es una parte de nuestra sociedad, porque al fin y al cabo: “vivimos en la misma sociedad”.

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