Y es que no puedo darle otro calificativo, al hecho de haber aprovechado estos días, para recorrer ese inmenso territorio ubicado al sur de nuestro país, llamado simplemente “llano”.

Aunque en otras oportunidades he recorrido una gran parte de la geografía nacional, aproveché para recorrer; por tierra, por supuesto, una parte que no conocía.

Lejos de las comodidades que ofrece la ciudad, y libre de tantas responsabilidades y del estrés, me di por entero a recorrer la sabana.

Totalmente desconectado de la radio, la internet, pero pendiente si, de la señal de cobertura del teléfono celular (por si acaso), me entregué a disfrutar del paisaje inagotable, del aire cálido, y de la sinfonía de las aves, del ganado, y el olor del aire notablemente descontaminado.

Rodeado de todo aquello, me di cuenta de que faltaba algo, y ese algo lo conseguí, cuando pude tratar con la gente, la gente del llano.

Despreocupados de la hora, por llegar tarde a ningún sitio, apurados para nada, pues la sabana es larga, sin estrés de ningún tipo, pues lo que cuenta es arrear el burro y echar hacia adelante para poder llegar al rancho con el encargo, probando el aire caliente y húmedo a la vez, para saber si la lluvia está cerca, y sin otra visión que la inmensidad llanera, con la desconfianza primaria de las intenciones del turista, pero con la intención de servirle y orientarle acerca de un sitio, o de otro, pude conocer lo que es realmente la cordialidad.

En una de las paradas, que todo turista hace, encontramos un sitio medio desierto, con varias casas alrededor, y entre pozos de agua y barro casi seco de la lluvia anterior, estaban dos niños montados en un burro, paseando por una calle sin asfalto, en cuyo fondo se levanta un monumento sobre un montículo al cual se llega subiendo unas anchas escaleras; y al fondo, una inscripción alusiva simplemente a “Marisela”.

Y es que para mí, y mis acompañantes, el nombre de Marisela, resultó ser un nombre común, hasta que le preguntamos a los niños que paseaban sobre el animal, y nos respondieron de la siguiente manera: “el puente que pasaron sobre el río Arauca, es el puente Marisela, y éste es el monumento a Marisela, y Marisela fué la hija de Doña Bárbara”.

Como ya estaba cayendo la tarde, estos dos niños nos invitaron a ver el sol cómo se pone rojo, cuando está cayendo sobre la sabana, y así lo hicimos. Resultó ser una experiencia poco común, el observar cómo “Marisela”, desde su estatua, ve el sol cayendo todas las tardes sobre la sabana.

No pude esperar más, sino dejar a la imaginación que corriera libre por la sabana, y allí me encontré; nada más y nada menos, que con el mismo paisaje que se encontró Don Rómulo Gallegos, en Abril de 1.927, cuando llegó por primera vez a los llanos de Apure, para escribir una novela, y conoció a los personajes de su novela “Doña Bárbara”; entre ellos: Lorenzo Barquero, Doctor en leyes, dueño de uno de los hatos más ricos de la región, que luego se dedicó en un invierno a “la cachimba, la tapara y el chinchorro”, hasta convertirse en un vicioso de la bebida, a la misma “Doña Bárbara”, la devoradora de hombres, como la sabana, a “María Nieves”, cabrestero del Apure, Antonio Torrealba, caporal del hato de La Candelaria, quien pasó a ser en su novela el personaje de Antonio Sandoval.

Llano adentro, conoció a “Pajarote” y “Carmelito”, y a “Juan Primito”, en los valles del Tuy, en el estado Miranda, así como a “Mujiquita” y “Pernalete”, a Balbino Paiva “el brujeador”, quienes componían personificaciones de esos días, por todo el país.

Pero lo más impresionante de todo, es que: como lo dice Don Rómulo Gallegos, Santos Luzardo y Marisela, son de su propia invención. Estos dos últimos personajes, son (según el autor), “la empresa que hay que acometer, una y otra vez, y la esperanza que estamos obligados a acariciar, con incansable terquedad; la obligación de hoy para la sosegada contemplación de mañana”.

De allí pude entender y concluir que Marisela: desde su estatua, ve el sol cayendo todas las tardes sobre la sabana, indicándonos que debemos cumplir hoy nuestras obligaciones, para contemplar luego, sosegadamente, el mañana.

La novela Doña Bárbara, escrita en 1929, es una obra que debe ser leída una y otra vez, para poder entender un poco más las riquezas de nuestra venezolanidad, es una obra a la que hay que volver una y otra vez, porque constituye el corazón de la literatura venezolana de proyección universal. Es una obra que así como la gente del llano, no entrega la respuesta deseada, en la primera oportunidad, ella no nos da su plena significación, la esencia de su belleza, con una sola lectura. Hay que saber, entender y comprender qué es lo que inspira en cada una de sus líneas y de sus párrafos.

Ella (la novela), plantea una serie de problemas de la época, como: el uso de la tierra, el origen de la heroína problemática, la relación del hombre con la naturaleza, la desintegración del núcleo familiar, la penetración extranjera, el cacicazgo, la idea de progreso, el mestizaje, el machismo, el tratamiento de la infancia, expresiones folclóricas, usos y costumbres, entre otros. Muchos de ellos, a pesar del tiempo transcurrido, todavía persisten.

Tal es la profundidad y el contenido de la obra, que fué llevada a la pantalla grande hace muchos años, y todavía resulta interesante la comparación de lo que escribe el autor, con lo que dice el director de la obra cinematográfica: ambos nos muestran la vida vivida por la gente del llano, durante la época en que fué escrita.

Para las nuevas generaciones, muchas de las cosas que aquí escribo, suenan a relatos prehistóricos, ya que no saben ni conocen al autor de la novela “Doña Bárbara”, y para que tengan una idea de quién fué Rómulo Gallegos Freire, les presento la presente reseña biográfica:

Rómulo Gallegos Freire, nació en Caracas, Venezuela, en 1884, y falleció en 1969. Fué Novelista y político, hizo estudios universitarios de Agrimensura y de Derecho en la Universidad Central de Venezuela, pero no llegó a terminarlos.

Fué empleado de ferrocarriles y profesor en colegios privados, llegó a ocupar el cargo de subdirector de la Escuela Normal y director del Liceo de Caracas, entre 1922 y 1928.

En 1931, el General Juan Vicente Gómez le nombró senador por el estado Apure, pero motivado a sus convicciones democráticas, se expatrió y renunció al cargo. En 1935, muerto el General Juan Vicente Gómez, regresó a Venezuela, y en 1936 fué nombrado ministro de Educación en el gobierno del General Eleazar López Contreras, cargo al que también renunció.

En 1947 fué elegido presidente de la República, pero fué derrocado al año siguiente por una junta militar encabezada por Carlos Delgado Chalbaud.

Exiliado de nuevo en Cuba y México, Rómulo Gallegos regresó a Venezuela, a la caída de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, en 1958.

En sus comienzos de narrador, Rómulo Gallegos publicó: Los aventureros en 1913, una colección de relatos. Siguió a esta obra: El último Solar en 1920, una novela que reeditaría en 1930 con el título de Reinaldo Solar, historia de la decadencia de una familia aristocrática a través de su último representante, en el que conoce a su amigo Enrique Soublette, con quien fundara en 1909 la revista Alborada.

Escribió después: La trepadora, en 1925, con un personaje femenino, Victoria Guanipa, ambiciosa y sin escrúpulos. Doña Bárbara, en 1929, que es una verdadera epopeya que tiene como escenario la llanura venezolana. Cantaclaro, en 1934, que es la novela de un cantante popular que recorre las aldeas y los campos. Canaima, en 1935, donde narra la existencia ruda de unos hacendados en las orillas del río Orinoco.

Posteriormente publicó: Pobre negro, en 1937, El forastero, en 1942, Sobre la misma tierra, en 1943, La brizna de paja en el viento, en 1952, La posición en la vida, en 1954 y La doncella y el último patriota en el año 1957, obra ésta con la que obtendría el premio Nacional de Literatura.

De todo lo comentado, una de las cosas que me llena de orgullo, es que cuando regresé a mi casa después del viaje, y busqué dentro de mi librero, pude encontrar fácilmente, con las hojas amarillentas, la obra “Doña Bárbara”, escrita por Don Rómulo Gallegos, publicada por Editorial Panapo srl, Caracas, en 1991, con prólogo de Efraín Subero. Allí pude entregarme nuevamente, al placer de la lectura, pero con otra óptica: había estado en los lugares donde se produjeron verdaderamente los hechos, puedo entender mejor algunas de las afirmaciones de Don Rómulo Gallegos, y sin pensarlo, en un viaje de vacaciones, había seguido las huellas del autor…

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